Fórmula magistral

Nos ponemos serias. Nuestra sección más profesional, y donde además de post didácticos sobre curiosidades y temas de actualidad, tenemos la participación de gente que sabe de verdad de medicina y medicamentos.

¿Qué preferimos, un medicamento de marca o uno genérico?

¿Se ha notado la modificación de la Ley de Prescripción de medicamentos genéricos y de marca?

En Cada 8 horas ya hablamos hace tiempo de medicamentos de marca y medicamentos genéricos porque nos parecía interesante conocer las diferencias entre unos y otros.

Si recordáis, en enero de este año entró en vigor una enmienda sobre la Ley de Garantías a partir de la cual si el médico nos recetaba un medicamento por principio activo nosotros (a igualdad de precio) podíamos elegir en la farmacia si nos llevábamos el genérico o el de marca. Boticaria García (una de nuestras boticarias favoritas) lo explicaba perfectamente en este post.

La verdad es que, a priori, como usuarios/pacientes/consumidores que somos, esta modificación de la ley nos pareció interesante porque nos daba la opción de poder elegir qué tipo de fármaco tomar y todo lo que sea libertad de elección bienvenido sea.

Pero ahora que lleva en vigor 6 meses habría que preguntar a los farmacéuticos (a los que están a pie de calle, a los de la farmacia de la esquina) si esta modificación de la ley ha tenido incidencia real, es decir, si en su día nos llegamos a enterar de este derecho a poder elegir entre marca y genérico, si no nos hemos enterado de nada o si nos da igual en realidad lo que nos den (si hay algún farmacéutico en la sala que nos lo cuente, por favor).

Pero también hemos querido preguntar a un profesional como el Dr. Tamargo su opinión sobre esta modificación de la ley y aquí os dejamos su explicación:

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«La aparición de los medicamentos genéricos representó un importante hito en la forma de prescribir los medicamentos en nuestro país. Los medicamentos genéricos presentan la misma composición cualitativa y cuantitativa en principios activos y la misma forma farmacéutica que los medicamentos de marca. Por tanto, los genéricos presentarían la misma eficacia clínica que los medicamentos de marca, pero el precio era mucho más barato, lo que representaba un importante ahorro para el sistema Nacional de Salud.

Ello se tradujo en que desde las Administraciones Central y Autonómicas se recomendara a los médicos, de forma más o menos velada, que prescribieran genéricos en detrimento de los medicamentos de marca. Digo que se recomendaba a los médicos, pero no es exacto. Más aún la legislación vigente hasta comienzo de este año permitía que cuando un paciente llegaba a la farmacia con una receta en la que se prescribía un medicamento de marca el farmacéutico estaba obligado a sustituir el medicamento de marca por uno genérico más barato sin el conocimiento o consentimiento del médico prescriptor, lo que también colaboraba a abaratar el coste sanitario.

El problema es que, con frecuencia, el farmacéutico podía dispensar un genérico que podía ser distinto del que el paciente se había llevado a su casa la vez anterior. Ello se traducía en cambios en la forma y en el color de la medicación, lo que podía repercutir de forma negativa en el paciente, particularmente si este es anciano, ya que no podía identificar la forma y color de la prescripción con un determinado medicamento o con el momento de la toma del medicamento. De hecho muchas veces el médico se enteraba del genérico que el paciente tomaba cuando se quejaba en la consulta de que cada vez que iba a una farmacia «le cambiaban de medicamento».

El paciente anciano no entendía las repetidas sustituciones de fármacos de distinta forma y color, lo que le confundía y conducía a un peor seguimiento del tratamiento.

Y la pregunta que muchos hemos formulado era bien simple: si el paciente no toma la medicación ¿no aumentarían los gastos? La respuesta es sí. Múltiples estudios han demostrado que cuanto mejor es el seguimiento del tratamiento más disminuyen las visitas médicas (al ambulatorio y al hospital) y menores son las complicaciones.

El resultado final, es que los medicamentos de marca eran discriminados en base a su mayor precio.

Pero con el paso de los años los medicamentos de marca han ido reduciendo su precio, de tal forma que en la actualidad los precios de los medicamentos genéricos y de marca han alcanzado valores similares.

En estas circunstancias sería de esperar que no se siguiera penalizando al medicamento de marca, pero no fue así. Existían algunas Comunidades Autónomas en las que se seguía indicando al médico que no prescribiera medicamentos de marca, algo difícil de entender ya que no hay motivos económicos que justifiquen la discriminación de los medicamentos de marca.

Quizás algún lector podría preguntarse por qué al médico le gusta en ocasiones prescribir un medicamento de marca. Y la respuesta es muy sencilla. El medicamento de marca es el que realizó los costosos estudios que demostraron que dicho fármaco era seguro y eficaz y que ofrecía tales o cuales ventajas sobre los medicamentos ya existentes en el mercado y esos resultados se publican, en muchos casos, en las revistas científicas más importantes del mundo. Eso si no se trata del primer fármaco de una familia de medicamentos, en cuyo caso hablamos de una clara innovación terapéutica. Y les recuerdo que el coste de poner un fármaco en el mercado es de unos mil millones de euros.

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Sin embargo, la Modificación de la Ley de Garantías y Uso Racional de los Medicamentos y Productos Sanitarios (Ley 48/2015), aparecida en el Boletín Oficial del Estado de 30 de octubre de 2015, ha modificado esta situación que acabo de criticar ya que «considera necesario que la financiación selectiva y no indiscriminada de medicamentos se realice en función de la utilidad terapéutica de los mismos y de su necesidad para mejorar la salud de los ciudadanos». Y para ello ha modificado dos artículos de la Ley de la siguiente forma:

• Se elimina la prioridad de dispensación de genéricos en caso de igualdad de precio.

• Si el médico prescribe un medicamento de marca y su precio es superior al precio menor de su agrupación homogénea, el farmacéutico sustituirá el medicamento de marca prescrito por uno con un precio más bajo.

• Si la prescripción es por nombre comercial y tiene «un precio menor» el farmacéutico debe dispensar el medicamento de marca.

• Si el médico prescribe por principio activo, el farmacéutico debe dispensar el medicamento de menor precio. A igualdad de precio, puede dispensar un medicamento de marca o un medicamento genérico.

Para que el lector comprenda mejor estos cambios indicaremos que en una «agrupación homogénea de medicamentos» se integran las presentaciones de los medicamentos financiadas que contienen el mismo principio activo en cuanto a dosis, contenido, forma farmacéutica o agrupación de forma farmacéutica, y vía de administración, que puedan ser objeto de intercambio en su dispensación.

El resultado es que a partir de enero de este año el paciente puede participar activamente en su tratamiento, ya que podrá solicitar que, a igualdad de precio, se le prescriba un medicamento de marca y el médico sabe que en esas condiciones el fármaco que acaba de prescribir es el que va a tomar el paciente ya que no podrá ser sustituido en la Farmacia.

Si rectificar es de sabios yo diría que en este caso la Orden Ministerial ha venido a rescatar la prescripción libre de los medicamentos y ha liberado la posibilidad del médico para prescribir un medicamento de marca o genérico. Sólo falta que las administraciones autonómicas respeten la Ley y no pongan trabas al médico para prescribir un medicamento de marca siempre que su precio sea similar el del medicamento genérico».

¿Sabes por qué la aspirina se llama aspirina?

En Fórmula Magistral continuamos con nuestro repaso a la historia de los principales fármacos aparecidos a lo largo del siglo XX según el Dr. Tamargo.

Hoy os hablamos de la aspirina. Esas pastillicas redondas y blancas que, como el pan bimbo o los kleenex son marcas que ya forman parte de nuestras vidas (desgraciadamente no cobramos por publicidad, no. Pero es que es así). ¿Quién no se ha tomado en alguna ocasión una aspirina? Pues eso. Y como nunca está de más saber lo que uno se toma y además poder presumir de culturilla general, aquí os dejamos su historia.

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4. UNA PANACEA, LA ASPIRINA:

Durante muchos años se utilizó la corteza de sauce blanco (Salix alba) rico en salicilina y las tisanas de flores de reina de los prados por sus propiedades antiinflamatorias, antipiréticas (disminuyen la temperatura corporal) y analgésicas. En 1853 el químico francés Charles F. Gerhardt obtiene en 1865 el ácido acetilsalicílico y S. Stricker demostró en 1875 su efectividad en un niño con reumatismo, atenuando la fiebre y los dolores musculares. El 10 de Agosto de 1897, Félix Hoffmann, un investigador que trabajaba en los laboratorios de Bayer y que buscaba un medicamento de mejor tolerancia que la salicilina para el tratamiento de la artritis que padecía su padre, descubrió el ácido acetilsalicílico, el principio activo de la aspirina (a por acetil y spir por recordar a la espirea, nombre de las herbáceas a las que pertenece la reina de los prados). El 6 de Marzo de 1899 fue inscrita en la Oficina Imperial de Patentes de Berlín como marca registrada de los laboratorios Bayer. La popularidad de la aspirina creció durante la primera mitad del siglo XX, impulsada por el papel eficaz que jugó al principio de la pandemia de gripe española de 1918. En la actualidad, la aspirina se utiliza en el tratamiento del dolor leve y moderado de origen variado (p.ej., dolores de cabeza o menstruales, resfriados, dolores musculares), de procesos febriles y de diversos procesos osteoarticulares (artritis reumatoidea, la artrosis y la fiebre reumática).

Sin embargo, en la actualidad la aspirina es el fármaco más utilizado para inhibir la agregación de las plaquetas que conduce a la formación de trombos que ocluyen la pared vascular. Sus potentes acciones antiagregantes no fueron descubiertas hasta 1950, cuando Lawrence L. Craven publicó una carta en una revista científica en la que mencionaba dos hechos muy importantes: 1) que las hemorragias aumentaban en los pacientes que tomaban aspirina tras una extracción de amígdalas o tras una extracción dentaria, y 2) que los pacientes que tomaban aspirina no habían presentado ningún caso de infarto de miocardio entre 1948 y 1950. Estos resultados fueron confirmados en 1956 cuando ya había tratado a 8.000 pacientes con una pequeña dosis diaria de aspirina.

En 1968 Harvey J. Weiss demostró los efectos inhibitorios de la aspirina sobre la agregación plaquetaria y en 1971 Sir John Vane (Premio Nobel en 1975) demostró que las acciones antiagregantes de la aspirina eran debidas a su capacidad para inhibir de forma irreversible la enzima ciclo-oxigenasa-1 que conduce a la síntesis y liberación de tromboxano A2, un potente estimulante de la agregación plaquetaria. En la actualidad la aspirina disminuye la incidencia de las trombosis de las arterias coronarias que conducen a un infarto agudo de miocardio o de las trombosis que parecen tras intervenciones en las arterias coronarias.

 

Hoy, en Fórmula Magistral, un post de infarto

¿Sabéis cuál es la primera causa de muerte en Europa?

La cardiopatía isquémica

Gracias al Doctor Tamargo, en nuestra sección de Fórmula Magistral estamos haciendo un repaso, post a post, de la historia de los principales fármacos del siglo XX.

En nuestro post anterior os contábamos el origen de los fármacos antitumorales y en esta ocasión, les llega el turno a los tratamientos de la cardiopatía isquémica. ¿Sabíais que esta enfermedad provoca más de 750.000 defunciones anuales en Europa?

Si sois de los valientes que os leéis este tipo de cosas, descubriréis por ejemplo, que desde que se usó la nitroglicerina por primera vez para controlar ataques de angina de pecho, a pesar de haber transcurrido 137 años y de las múltiples críticas recibidas en su día, en la actualidadeste fármaco se sigue eligiendo a la hora de suprimir este tipo de ataques.

Dedicad un ratito a leer la historia de cada uno de estos medicamentos que en el siglo XX nos cambiaron la vida. No hemos querido cambiar ni una coma porque es bastante interesante y además un poco de historia a las mentes curiosas nunca nos viene mal.

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3. NITROGLICERINA, ESTATINAS Y ANTICOAGULANTES:

La cardiopatía isquémica representa la primera causa de muerte en la Comunidad Europea, con más de 750.000 defunciones anuales. Bajo esta denominación se incluyen una serie de alteraciones cuyo origen radica en un desequilibrio entre el aporte de oxígeno y nutrientes al corazón a través de las arterias coronarias y las necesidades del corazón. La reducción, mayor o menor, del aporte de oxígeno (isquemia) puede producir un cuadro doloroso que denominamos angina de pecho o la muerte (necrosis) del músculo cardiaco; en este último caso hablamos de infarto de miocardio.

En la mayoría de las veces la isquemia a nivel de los vasos coronarios que nutren al corazón o de los vasos cerebrales que riegan el cerebro se produce por la obstrucción de la luz de las arterias coronarias como consecuencia de una placa de ateroma o de un trombo. La placa de ateroma es una lesión producida por el acúmulo de lípidos (grasa) en la pared de las arterias. La lesión engruesa pared de la arteria y ocluye, en mayor o menor grado la luz del vaso, lo que produce una disminución del aporte de sangre al tejido que dicha arteria va a irrigar.

Los trombos son coágulos de sangre que se forman en un vaso sanguíneo (arteria o vena) o dentro del corazón. El trombo localizado en un vaso puede obstruir el flujo de sangre, impidiendo el suministro de oxígeno a los tejidos. Si el trombo obstruye una arteria coronaria de forma continua puede producirse la muerte de una parte del corazón (se produce un infarto de miocardio).

La oclusión de la luz de un vaso por un trombo o una placa de arteriosclerosis de denomina trombosis. Según donde se produzca el cuadro hablamos de: angina de pecho e infarto de miocardio si se produce en el corazón, accidentes cerebrovasculares (también llamados ictus cerebral, apoplejía, derrame cerebral, golpe o ataque cerebral) si se produce en el cerebro y una enfermedad vascular periférica si el daño u obstrucción tiene lugar en las arterias y venas que irrigan diversas partes del cuerpo.

1. La nitroglicerina permitió controlar los ataques de angina de pecho. Fue descubierta por el químico italiano Ascanio Sobrero que trabajaba en la Universidad de Turín en 1847 y en 1987 el químico Alfred Nobel creó la dinamita al absorber la nitroglicerina en una materia porosa e inerte (p.ej., arcilla seca, yeso, carbón, etc.). En 1876 Thomas Lauder Brunton, que trabajaba en el hospital de San Bartolomé de Londres, experimentó en sí mismo la nitroglicerina, pero al observar que producía una fuerte cefalea, dejó de interesarse por este fármaco. A pesar de ello, un año más tarde, William Murrell del Hospital de Westminster de Londres comprobó la efectividad de la nitroglicerina oral (en cápsulas que al morderse difundían su contenido a la cavidad bucal) en el tratamiento del ataque agudo de angina. Cuando estos resultados fueron publicados en la revista Lancet en 1879, la reacción de la clase médica fue furibunda, preguntándose cual sería la reacción de los pacientes si supieran que estaban siendo tratados con el explosivo dinamita. A pesar de estas críticas en el momento actual, y a pesar de que han transcurrido 137 años, la nitroglicerina sigue siendo el fármaco de elección para suprimir los ataques de angina de pecho, ya que produce una dilatación de las arterias coronarias,y aumenta el aporte de oxígeno y nutrientes al corazón.

2. Las estatinas permitieron reducir la progresión de las placas de ateroma. Hoy sabemos que existe una relación directa entre el aumento de los niveles plasmáticos de colesterol total (hipercolesterolemia) y la aparición de complicaciones arterioscleróticas (cardiopatía isquémica, hipertensión arterial, accidentes cerebrovasculares, enfermedad vascular periférica) y que la reducción de los niveles elevados de colesterol retrasa la progresión e incluso puede reducir el tamaño de la placa de ateroma y disminuye la mortalidad de los pacientes.

El descubrimiento de estos fármacos es un nuevo caso de azar. Dos investigadores, uno japonés (Akiro Endo) y otro americano (Hoffman), estaban trabajando con cultivos de los hongos Penicillium citrinum y Aspergillus terreus en un intento de identiticar productos que permitieran a las plantas protegerse de organismos parásitos mediante la inhibición de la síntesis de colesterol. De esta forma descubrieron dos sustancias, a las que denominaron Mevastatina (1976) y lovastatina (1980), respectivamente. Estos fármacos inhibían una enzima clave (la 3-hidroxi-3-metilglutaril CoA reductasa) que regula la síntesis del colesterol en el hígado. Para compensar esta menor síntesis, las células hepáticas captaban el colesterol de la sangre lo que permitía reducir de forma importante los niveles de colesterol. Esto permitía reducir o controlar la hipercolesterlemia, retrasar la progresión de las placas de ateroma y reducir las graves complicaciones que ello conllevaría.

3. Anticoagulantes. La sangre es un líquido y se denomina coagulación al proceso por el cual la sangre líquida pasa a convertirse en coágulos de sangre semisólidos (trombos). Estos trombos pueden formarse en un vaso sanguíneo o dentro del corazón. El trombo localizado en un vaso puede obstruir el flujo de sangre, impidiendo el suministro de oxígeno a los tejidos. Si el trombo obstruye de forma continua una arteria coronaria puede producirse la muerte de una parte del corazón (se produce un infarto de miocardio). En el proceso de formación del trombo juegan un importante papel las plaquetas, que en un primer paso se adhieren a la pared de los vasos lesionados y, posteriormente, se activan y forman conglomerados que forman el trombo.

En 1924, Frank W. Schofield, un veterinario de Alberta en Canadá, observó que el ganado moría de forma misteriosa por hemorragias incontrolables que él correlacionó con el hecho de que los granjeros habían dejado de alimentar al ganado con maíz y los habían sustituido por trébol dulce (Melilotus alba) fermentado en silos, por lo que los animales ingerían trébol mohoso. En 1941 Harold A Campbell y Karl Paul Link demostraron que la forma natural de trébol dulce contenía cumarina que se convertía en dicumarol (o Simtrom), un potente anticoagulante, al ser infectado por diversos hongos. El dicumarol actúa como un antagonista de la antivitamina K que inhibe la síntesis hepática de los factores de la coagulación II, VII, IX y X cuya síntesis hepática es dependiente de la vitamina K. Esto explica por qué la acción anticoagulante del dicumarol puede antagonizarse por la vitamina K. Karl Paul Link siguió trabajando para desarrollar anticoagulante más potentes, lo que consiguió con la warfarina, que se comercializó como raticida en 1948, aunque posteriormente se ha convertido en el anticoagulante oral más utilizado en el mundo en los últimos 60 años.

En 1916 J. McLean, un estudiante de la Universidad John Hopkins descubrió por azar que los extractos de hígado aceleraban o inhibían la coagulación. Poco después, William H. Howell y su alumno L. Emmett Holt (1918) describieron una sustancia con propiedades anticoagulantes a la que denominaron heparina por la alta concentración que alcanzaba en el hígado. La utilización clínica de la heparina se inició en 1935 por Gordon Murray en Toronto y Clearance Crafoord en Estocolmo, quienes demostraron su utilidad para prevenir las trombosis. Un año más tarde, Gordon Murray y Charles Best demostraron que prevenía la trombosis coronarias.

Origen de los fármacos antitumorales

Ya sabéis que en nuestra sección de Fórmula Magistral hemos querido dedicar un espacio a la historia de los medicamentos y gracias a la ayuda del Dr. Tamargo, os iremos contando poco a poco el origen de los principales fármacos descubiertos a lo largo del siglo XX. En un post anterior os hablábamos del origen de los antibióticos y en esta ocasión le toca el turno a los fármacos antitumorales y su historia encierra cosas tan interesantes como por ejemplo que la era de la quimioterapia actual tiene su origen gracias al uso del gas mostaza durante la I guerra Mundial.

Así que, entre tanto titular que se queda en eso, en un titular, y links que no te cuentan más que tontunas varias, dedicad un ratito a leer la historia de cada uno de estos medicamentos que en el siglo XX nos cambiaron la vida. Es bastante interesante y además un poco de historia a las mentes curiosas nunca nos viene mal.

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2. EL RETO SIGUE SIENDO EL CÁNCER:

Normalmente, las células crecen y se dividen para formar nuevas células a medida que el cuerpo las necesita y cuando las células normales envejecen o se dañan, mueren, y células nuevas las remplazan. En los cánceres las células sufren importantes alteraciones en los mecanismos que regulan su diferenciación y proliferación. Como consecuencia, a medida que las células se hacen más y más anormales, las células viejas o dañadas sobreviven cuando deberían morir, y células nuevas se forman cuando no son necesarias. Estas células adicionales pueden dividirse sin interrupción y pueden formar masas que denominamos tumores. En todos los tipos de cáncer, algunas de las células se diseminan desde la parte del cuerpo donde comenzó a otras partes del cuerpo dando lugar a lo que denominamos metástasis.

El objetivo esencial del tratamiento es destruir las células del tumor, con el fin de lograr la desaparición, detención o reducción del cáncer sin alterar (o alterando lo menos posible las células normales-sanas) y a los fármacos utilizados con este fin se les denomina antineoplásicos o quimioterápicos. Estos fármacos actúan en la fase de división de la célula tumoral, impidiendo su multiplicación y eventualmente destruyéndolas.

La era de la quimioterapia anticancerígena comenzó durante la I Guerra Mundial cuando se utilizó en gas mostaza en Ypres, causando miles de bajas. Los soldados presentaban una marcada disminución en el número de leucocitos y los huesos parecían haber perdido su médula. Durante la II Guerra Mundial los farmacólogos Louis S. Goodman y Alfred Gilman fueron reclutados por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos para investigar el potencial terapéutico del gas mostaza y confirmaron su utilidad en el tratamiento del linfoma, dado que éste es un tumor formado por células linfáticas. Poco después, Gustav Linskog utilizó la mustina, observando una marcada reducción en la masa tumoral en un paciente con linfoma no hodgkiniano.

Poco después de la II Guerra Mundial, Sidney Farber observó que el ácido fólico parecía estimular la proliferación de células de leucemia linfoblástica aguda. Ello le llevó a utilizar dos antagónicos al ácido fólico (aminopterina y metotrexato), observando que producían la remisión en niños con dicho tipo de cáncer. Sin embargo, la comunidad científica no creyó sus resultados, ya que por entonces se pensaba que la leucemia era incurable, y que los niños deberían ser dejados morir en paz. En 1958, Roy Hertz y Min Chiu Li descubrieron que el metotrexato podía curar el coriocarcinoma; este fue el primer tumor sólido curado por quimioterapia. En la actualidad se utiliza también en el tratamiento de la artritis reumatoide o la psoriasis. Estas fármacos fueron denominados antimetabolitos y dentro de ellos está el primer quimioterápico para tumores sólidos, el 5-florouracilo.

En 1965, James Holland, Emil Freireich y Emil Frei formularon la hipótesis que la quimioterapia podría seguir una estrategia similar a la usada con éxito en el tratamiento de la tuberculosis: la combinación de fármacos con mecanismos de acción distintos, pero complementarios. Esta estrategia fue un éxito en el tratamiento de niños con leucemia linfoblástica aguda. Los mismos resultados se confirmaron en pacientes con linformas.

En 1956, C. Gordon Zubrod, inició un proyecto para recolectar y probar plantas y productos de origen marino; que llevó al descubrimientos en 1964 del paclitaxel (Taxol), fármaco obtenido de la corteza del tejo muy efectivo en el cáncer al ovario y de las campotectinas (1966) que han sido aprobadas en el tratamiento del cáncer de cólon, mama y pulmón. Entre 1965-69 Barnett Rosenberg demostró que el cisplatino inhibía crecimiento bacteriano y demostró que que podía inhibir el crecimiento de varios tumores sólidos, siendo de gran utilidad en el cáncer testicular.

La naturaleza también dispone de sus propios productos oncológicos. La medicina folclórica conocía que el mirto denominado Vinca rosea contiene fármacos (vinblastina y vincristina) efectivos en el tratamiento den linfomas y leucemias y las bacterias del genero Streptomyces contienen daunorubicina y doxorubicina.

En los últimos años y fruto del mejor conocimiento de las diferencias existentes entre las células normales y las cancerosas, son muchos los fármacos antitumorales que han sido introducidos en terapéutica. Es de destacar que en los últimos años los nuevos fármacos están siendo diseñados «a la carta», frente a dianas que se expresan de forma exclusiva (o principalmente) en las células tumorales. Ello permitiría reducir la incidencia de reacciones adversas, que es muy alta con algunos fármacos antitumorales. Este es el caso de anticuerpos monoclonales creados en el laboratorio que se unen específicamente a zonas concretas de las células tumorales e impiden su crecimiento y multiplicación. Otra posibilidad es impedir la neoangiogénesis, es decir, la formación de pequeños vasos sanguíneos necesarios para la nutrición del tumor (y para que pueda ir aumentando de tamaño) y para la formación de metástasis. Otra alternativa son los moduladores de la respuesta biológica, es decir, fármacos que modifican las interacciones entre un tumor y el organismo en que se aloja, ya sea actuando sobre las células tumorales o incrementando las defensas del huesped.

Origen de los antibióticos

¿Recordáis nuestro anterior post de Fórmula Magistral? En él os resumíamos mediante una infografía los principales fármacos aparecidos a lo largo del siglo XX según el Dr. Tamargo.

Como sois curiosillos, lo sabemos, a partir de hoy os contaremos la historia de cada uno de estos hitos farmacológicos que marcaron un antes y un después en nuestras vidas.

El Dr. Tamargo nos aclara que en este listado faltan muchos fármacos que, por cuestiones de espacio, no ha incluido en la lista. En ella nos menciona en primer lugar a los antibióticos.

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LA LUCHA CONTRA LAS INFECCIONES BACTERIANAS:

Antibióticos (del griego, anti,’contra’; bios, vida’).

Junto con las medidas de higiene y salubridad, los antibióticos suponen uno de los más importantes puntos de inflexión en la mortalidad en el siglo XX. Los antibióticos son sustancias químicas producidas por un ser vivo o sintetizados en el laboratorio que tienen la capacidad de destruir (antibiótico bactericida) o de impedir el crecimiento de ciertos microorganismos sensibles (antibiótico bacteriostático), generalmente bacterias, responsables de múltiples procesos infecciosos. Gracias a ellos, enfermedades que durante siglos diezmaban la población, como la peste, la tuberculosis, la sífilis, la lepra, la meningitis, las diarreas infantiles o las infecciones puerperales, han desaparecido y han permitido reducir en más de un 90% la mortalidad por enfermedades infecciosas.

En 1900, el bacteriólogo alemán Rudolf von Emmerich aisló una sustancia que podía destruir los microbios causantes del cólera y la difteria en un tubo de ensayo, pero no pudo aplicarlo en el tratamiento de las enfermedades. El primer antibiótico fue el Salvarsan, descubierto por Paul Ehrlich en 1909, que era efectivo en el tratamiento de la sífilis. Pero el gran descubrimiento fue realizado en septiembre de 1928 por Alexander Fleming que trabajaba en el hospital Santa María de Londres, quien observó que en una de las placa de Petri sembradas con Staphylococcus aureus que estaba contaminada por un hongo las colonias bacterianas que se encontraban alrededor del hongo (Penicillium notatum) eran transparentes debido a que se había producido muerte bacteriana. Fleming intuyó que el hongo había producido una sustancia natural con efectos antibacterianos a la que se le denominó penicilina. En un principio el descubrimiento fue subestimado, pero los químicos Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey desarrollaron un método de purificación de la penicilina que permitió su síntesis grandes cantidades y la realización de los primeros ensayos clínicos en 1940. En 1945 Fleming, Florey y Chain ganaron por este descubrimiento milagroso el Premio Nobel de Medicina. Actualmente, la penicilina es el antibiótico más conocido, y ha sido empleado para tratar múltiples enfermedades infecciosas, como la sífilis, la gonorrea, el tétanos o la escarlatina.

En 1935 Gerhard Domagk descubre las sulfamidas y en 1939 René Dubos de la Fundación Rockefeller descubrió la tirotricina, compuesta de dos polipéptidos, la tirocina y la gramicidina, que tenían propiedades antibacterianas. En los años 40 Selman Abraham Waksman, biólogo norteamericano aisló hasta diez antibióticos, tres de los cuales tuvieron éxito en clínica: la actinomicina (1940), la estreptomicina (1944), y la neomicina (1949). La estreptomicina fue el primer antibiótico aminoglucòsido aislado en 1944 de una cepa de Streptomyces griseus por Selman A. Waksman (quien ganó el Nóbel en 1952 por este descubrimiento). Este antibiótico permitió tratar la tuberculosis, una enfermedad que por aquel entonces afectaba a cerca de diez millones de personas en Europa.

En el año 1945 Giusseppe Brotzu relacionó la buena salud de los bañistas de las aguas contaminadas del golfo de Cagliari en la costa sur de Cerdeña con la acción de ciertos microorganismos productores de antimicrobianos y en 1948 aisló el hongo Cephalosporiun Acremonium, que fue la fuente de una nueva familia de antibióticos, las cefalosporinas. Desde entonces se han aislado numerosas cefalosporinas que se agrupan en generaciones que presentan un amplio espectro antibacteriano.

En 1947 Paul Burkholder aisló el cloramfenicol del Streptomyces Venezuelae en 1947, que se utilizó con éxito en epidemias de tifus y de fiebre tifoidea. A partir de otras especies de Streptomyces posteriormente se obtuvieron la clortetraciclina (1948), la neomicina (1949), la eritromicina (1952), la vancomicina (1956), la kanamicina (1957), la tobramicina (1967), la tobramicina (1968) y la amikacina (1972) y, a partir de distintas especies del género Micromonospora spp, la gentamicina (1958).

Estos y otros muchos antibióticos han permitido controlar las enfermedades infecciosas respiratorias y gastrointestinales que ocupaban las principales causas de mortalidad en 1900. Sólo nos queda utilizarlos de forma juiciosa para evitar que las bacterias se hagan a su acción, pues las resistencias bacterianas nos dejan sin armas para combatirlas.