Las Palabras Curan

Un ungüento para el cerebro, que aplicado sobre las meninges, te relaja y alivia. Cuentos y relatos cortos para leer en cinco minutos, suficiente para que durante las próximas horas te encuentres mejor. O no.

Relatos cortos para el alma

Cómo un texto bonito, leído en un determinado momento, puede curar.

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“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.”

“El guardián entre el centeno” – J.D. Salinger

Así que tranquilos. Tal como cuenta el principio de “El guardián entre el centeno”, en esta nueva sección no vamos a hablaros (aunque ya hemos ido posteando cositas) de nuestras vidas, ni de lugares comunes, ni de frases hechas que de tanto usarlas pierden su sentido.

De lo que sí os hablaremos será de otros mundos, otros pensamientos, otras expresiones y otros puntos de vista sobre cómo la literatura, la ficción escrita, el arte de poner una palabra detrás de otra puede reconfortar casi más que un abrazo de abuela. Por eso, con la excusa de este pasado Día Internacional del Libro, hemos recuperado nuestros relatos y con ellos hemos creado una nueva y curativa sección en la que iremos publicando relatos cortos de distintos escritores poco conocidos, aún, pero que seguro tienen mucho que ofrecer.

Porque, en Cada 8 Horas, a pesar de ser unas descreídas patológicas, sí creemos en una cosa, en que las palabras, leídas u oídas en un momento dado, igual que hieren, curan. Curan porque animan, reconfortan, tele-transportan, amplían, alegran, acompañan,… y todos estos verbos son, sin el más mínimo de duda, buenos para la salud. Debemos añadir y aunque bajemos un poco el momento bucólico, que además, aquí, es gratis.

¡Animaos lectores más afanados y afines que otros! A todos os llamamos para que leáis, disfrutéis, compartáis y opinéis sobre esta nueva sección. Esperamos que nuestros #RelatosC8H os sanen por dentro y por fuera, o por lo menos encontréis belleza incluso en lo que aparentemente no lo es en absoluto.

Por último, pero muy importante, si tenéis algo que decir en forma de microrrelato, microcuento o poesía relacionado con salud que os gustase ver publicado en nuestra sección, podéis enviárnoslo a cuentanos@cadaochohoras.com y publicaremos los textos más originales que hayamos recibido. Tal y como explica otro gran final de libro, tienes toda la vida para contar lo que realmente quieras contar:

“El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: Mierda.”

“El coronel no tiene quien le escriba” – Gabriel García Márquez

Punk Park

(Espacio ingobernable)

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En los 70´, el movimiento punk vivió una época de esplendor. Literatura fanzinera, música de melodías breves y agresivas, bailes espamódicos, cine a cuentagotas, pintura… fueron algunos de los marcos de expresión de una generación que, a su manera, luchaba contra las convenciones y el orden establecido.

La anarquía y el caos que evidenciaba este movimiento en sus más diversas manifestaciones fue, aún continúa siendo, el quebradero de cabeza de un sistema que trata no sólo de atenuar las consecuencias de su aparición sino de, además, identificar y aislar sus causas para combatir y erradicar situaciones futuras. Sin embargo, a falta de un diagnóstico profundo y afinado del porqué, o los porqués, de su origen y desarrollo hasta el momento el sistema sólo se ha conseguido paliar sus efectos (L-DOPA).

Rebasado ya los sesenta años de edad, confeso seguidor de este fenómeno en mi juventud, echo la vista atrás y sonrío con ironía ante la vida.

Hoy, por ayer y por anteayer, ansío el orden y la disciplina contra la que me rebelaba de joven, y también hoy, por la semana pasada y por hace un año y cuatro meses, cuando me diagnosticaron la enfermedad, detesto el caos que se ha instalado en mi cuerpo. Porque, hoy por hoy, los miembros y órganos que componen esta democracia parlamentaria que es mi cuerpo, cuyo deber es hacer cumplir la voluntad de su máxima autoridad representativa, la de mi cerebro, boicotean el orden establecido y minan las instituciones y convenciones que conforman mi conducta.

Hoy, 11 de abril, Día Mundial del Párkinson, es tiempo de rebelarse y reivindicar mayor inversión en investigación para acabar con esta enfermedad.

Hoy, como ya proclamaban The Stooges allá por el 73, es hora de «Search and destroy».

 

Collage: Leticia Jiménez // Texto: Marcel Lemarc

Una tarde en el circo

4 de febrero. Día Mundial contra el cáncer.

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“Hacía un rato que la función había empezado y hasta entonces todo había ido dentro de lo esperado. Durante la actuación de los payasos, la mujer, desde su butaca, en la parte más elevada de la grada, había pasado más tiempo fijándose en la luz que emitían los ojos de sus hijos que en lo que ocurría en la pista central. Complicidad que había compartido con el padre de las criaturas, tres asientos más allá. Después apareció el funambulista, y durante unos minutos, ella pudo sentirse también sobre el alambre. Vértigo que continuó con el vuelo de una joven pareja de trapecistas. Pero las actuaciones estelares, esas que por sí solas justifican que un domingo por la tarde, una familia elija pasar una tarde en el circo en lugar de hacer cualquier otra cosa, todavía estaban por llegar.

Como había sucedido anteriormente, el maestro de ceremonias se colocó en el centro de la pista, pero en esta ocasión algo había cambiado en su gestualidad, en la rectitud casi militar de su cuerpo, en el dilatado silencio que no hizo otra cosa que elevar la expectación de los asistentes. Fue entonces cuando los focos comenzaron a girar indiscriminadamente iluminándolo todo: el techo de tela, los palcos, la salida de emergencia…Y la mujer quedó enmarcada en un halo de luz poderoso y circular, creando una estampa casi virginal. Con una mezcla de desconcierto y vergüenza, bajó las escaleras con la ligereza que sólo nos movemos en sueños. En la pista central, un tramoyista traía con urgencia un biombo que parecía un enorme acordeón y el maestro de ceremonias, tomando a la mujer de la mano, la condujo tras él. Cuando lo retiraron, portaba un casco y un ceñido traje rojo que brillaba como una plaga de luciérnagas en una noche sin luna. Otro operario apareció empujando un cañón y él mismo la ayudó a introducirse en él. A pesar de la impresión, ella no pudo hacer otra cosa que participar del espectáculo. Luego, alguien encendió la mecha y un cuerpo centelleante atravesó el cielo de la carpa deteniéndose en el momento de impactar contra la red de seguridad dispuesta al otro lado de la pista. El público tardó en reaccionar lo que la mujer en comenzar a incorporarse, todavía asustada y un poco dolorida, sobre la telaraña gigante. El cañón fue cambiado al instante por una rueda de madera que se desplazaba sobre una peana. Ella miró hacia el público y sólo vio una masa de luz abarcándolo todo. Inmediatamente después, su cuerpo yacía contra la madera fría, con los brazos y las piernas extendidas y atadas, recreando algo así como la versión femenina del “Hombre de Vitrubio”. El lanzador de cuchillos se había vendado los ojos. Ahora, los dos habían dejado de ver: él por gallardía, ella por terror. Notó una brisa fugaz en su muslo derecho cuando el primer puñal se clavó contra la madera en un golpe silencioso y seco. Su corazón se aceleró como no recordaba. El resto de la exhibición la pasó rezando a cada punzada que sentía acariciando su cuerpo. Minutos después, el mismo lanzador le ayudó a desengancharse de aquellas ataduras que la habían fijado a aquel pedazo de madera. Como si ya hubiera empezado a habituarse a aquello, hizo una especie de reverencia al público sin poder evitar que su cuerpo siguiera temblando. Ya había enfilado las escaleras que la devolverían a su familia y a su vida cuando notó cómo una mano se ciñó fuerte a su muñeca. El hombre, cuya cara estaba partida en dos por un sinuoso bigote negro, vestía un traje dorado y portaba un látigo en la mano. Ella, temiéndose lo peor se asomó a un lado para contemplar, en el centro de la pista, una enorme jaula de oro, donde tres enormes leones se paseaban inquietos de un lado a otro. Inesperadamente, la mujer esquivó al domador, que ahora parecía una estatua, con el brazo derecho estirado y la cuerda colgando de su mano como una serpiente anestesiada. Cuanto llegó a la jaula, abrió la pesada puerta y en cuanto estuvo dentro, la cerró con cuidado. Luego se quedó inmóvil unos segundos mirando, una por una, a las fieras, que merodeaban a su alrededor. Un repentino rugido hizo estremecerse a varios espectadores, pero ella no se alteró. Lejos de huir, decidió acercarse a una de las bestias. Cuando estaba tan cerca que notaba su respiración, se puso de cuclillas, acercó su cara a la del animal y luego, lentamente, aproximó su mano a la cabeza colmada de una imponente melena. Y así permaneció durante largo rato. Poco después, como si hubieran sido sometidos a una sesión de hipnosis los tres leones descansaban con el sosiego de unas crías recién alimentadas. La mujer se dirigió a la puerta y salió. En el centro de la pista, recibió una ovación atronadora, pero hubo varias voces que sonaban por encima de las demás. Vio cómo tres siluetas, dos de ellas muy pequeñas y una más grande, recortaron la claridad que emitían los focos y la alcanzaron fundiéndose en un abrazo inmenso. Fue entonces cuando el techo de la carpa se abrió y del cielo cayeron miles de flores que lo llenaron todo de luz y color”.

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Hoy, 4 de febrero, Día Mundial contra el Cáncer, dedicamos este relato a todas las personas que han luchado, están luchando o lucharán contra esta enfermedad para poder disfrutar aún más, si cabe, de cada instante de sus vidas.

Ilustración: María Portela / Relato: Adrián P. Avendaño

Día Mundial del Alzhéimer

Relato de una vida

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He sido camarógrafo durante más de cuarenta años. Trabajé cubriendo guerras, levantamientos, golpes de Estado y demás miserias, en el Congo, en Vietnam, en Chile y quizá en Eritrea, no lo recuerdo con seguridad, son tantos los lugares. El paso de los años emborrona las huellas y uno es incapaz de seguir su propio rastro, el paisaje se vuelve huidizo y las caras se desvanecen para padecer el desarraigo más inclemente.

Guardo las copias de los reportajes en mi videoteca personal, un par de estanterías que contienen más de doscientas cintas clasificadas y ordenadas por fecha de grabación. Un cúmulo de imágenes que se confunden en mi memoria como si mi cerebro hubiera aplastado el tiempo. No existe el pasado y el presente, Chile o Vietnam, el ayer y el hoy, no hay 15:35 ni 22:14.

Hay mañanas que los tejuelos de los VHS son simples números, un enigma que me frustra, cabrea y deprime porque ignoro la razón de su existencia. Después; comprendo el porqué y lo apunto en un trozo de papel para no olvidarlo, una nota que abandono en cualquier sitio y luego no encuentro, la mayoría de las veces ni la busco.

Ahora, ya retirado, fotografío lo cotidiano: una bicicleta, una cuchara, una manzana… Almaceno carretes y más carretes en la bañera de un cuarto con ventana ciega, un sitio oscuro que ya no utilizo. Mi sobrina, Lucía, me ha regalado una cámara digital. Dice que son más fáciles de usar, sólo he de mirar por el visor y apretar el botón, captan el instante y lo guardan automáticamente en la tarjeta de memoria. Las imágenes ni se estropean ni se pierden. Yo la miro y ella, aunque pretenda disimularlo, se emociona, se lo veo en los ojos. Es entonces cuando aprieto el botón y suena un “click”. Espero conservar esta fotografía todo el tiempo que me sea posible.

21 de septiembre Día Mundial del Alzhéimer

Microrrelato: Marcel Lemarc // Collage: Leticia Jiménez

Mejor me quedo en casa

Un viaje ficticio a Río pasando por todo lo malo que te puede pasar

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Supongamos que, por esas cosas que pasan, has ganado un viaje a Río de Janeiro. Una lata de Coca Cola Zero, una promoción, un tuit, y sí, eres tú quien se va a ver los Juegos Olímpicos. Tú y un acompañante, para que no te aburras.

Al principio te alegras, cómo no. Parece que ya estás saboreando tu cachacinha o tu agua de coco, con la mirada perdida en el encuentro entre cielo y mar como Toquinho y Vinicius de Moraes hasta que el idiota de tu compañero de despacho te suelta un “ten cuidado con lo del mosquito ese, que hasta Gasol se va a congelar el semen”. Sonríes, pero miras en el móvil los consejos del Ministerio de Exteriores y respiras con alivio. No estás embarazada. No te vas a bañar en ningún sitio que no sea la pisci del hotel de 5 estrellas y lo de la comida, bueno, un antidiarreico siempre hay que llevar.

Como suele suceder, dejas lo de la maleta para el día antes. Vas con prisas, sudas, pones el aire, metes 4 bikinis, tres camisetas, y sales corriendo a depilarte para presumir de ingles brasileñas. El contraste entre la Helsinki en que has convertido tu casa y el Madrid de agosto te hace estremecer cuando vuelves a entrar. 

Ya en Barajas, tu amiga y tú oís no sé qué de una huelga de controladores franceses. Vale, pues ese es el motivo por el que vais a salir 3 horas tarde. En una sala VIP, a 18º. Te echas la mano a la garganta, y no por el precio del refresco en el aeropuerto.

Como todo pasa, ya estáis en el avión. “Mierda”, musitas, te has dejado los chicles, así que durante el vuelo andas medio sorda. Claro, que eso no es lo peor. El aire termina de castigar tu maltrecha garganta, pero de eso te darás cuenta al aterrizar, tus piernas son dos garrotes que ni sienten ni padecen. 

26º y una humedad del 67% te dan la bienvenida. Tú, educada, estornudas.

Cansada como llegáis (tú más), vais derechitas a la piscina. Con la pulserita tenéis barra libre (en su más amplio sentido) y os sentís dos reinas. Tomáis posesión de dos tumbonas, brindáis con una caipirinha, o dos o tres, no recuerdas, y caes en un reparador sueño del que te despierta una sensación de quemazón porque, aunque Brasil sea un país abençoado por Deus, bonito por natureza y allí sea invierno, es un país tropical, con su sol tropical y sus cosas tropicales.

Resfriada, achicharradas (de esto tu amiga no se ha librado) os acicaláis para darlo todo en la noche carioca. En el curro bromeaban con el hecho de que os llevéis a la cama a un mulato de esos que dan patadas acrobáticas (lo que hay que aguantar), pero mira, los dos morenos que conocéis tampoco están mal. Nada raro, según un estudio de la Universidad de Oxford, el 25% de los viajeros pilla cacho en sus vacaciones. Bien. Lo que no está tan bien, es que el 66% lo hace sin condón. Uy, uy uy…

Bueno, para quitarte ese come-come, te vas dar un paseo por Ipanema. Su arena blanca y cálida te hacen olvidar el resfriado, las quemaduras, la posibilidad de haber cogido algo… ¿Qué más te puede pasar? 

Tus vacaciones llegan al final. Has visto dos partidos de voley playa, a los chicos de Scariolo, a Nadal y vuelta casa. Esta vez llevas un fular, chicles, vas a levantarte varias veces a estirar las piernas… el vuelo sale a su hora, y eso que el aeropuerto internacional de Galeao bate records.

Por cierto, ¿sabes lo que es la fatiga de vuelo

Nota: no hemos hablado de drogas, de tatuajes, de una excursión a la Amazonía, de la peligrosidad de algunos barrios… Así que peor puede ser, o no. Mientras, quedémonos con lo bueno.

Adeus!