¿Por qué la comida de algunos hospitales es tan mala?

¿Cómo como como enfermo? Comida hospitales

Hace tiempo, estuve con unos amigos cenando en Don Giovanni, un famoso restaurante italiano de Madrid propiedad del cada vez más mediático Andrea Tumbarello. Al salir, recogí de la barra un folleto de “Las Pequerrecetas”,  la colaboración del chef con Iván Carabaño, Jefe de Pediatría del Hospital Rey Juan Carlos y del Hospital General de Villalba.

pequerrecetas

Según volvía a casa empecé a pensar en comidas de hospital, en comedores de colegios, en áreas de servicio (las vacaciones estaban recientes) y pensé “el rancho de la mili que contaban debía ser un poco esto”.

Yo, y ya desvelo mi teoría, creo que el hilo conductor de la baja calidad en algunos de estos lugares, a los que podríamos añadir estaciones de tren, aeropuertos e incluso tanatorios, es que son lentejas. No hay alternativas, es lo que hay, o esto o nada (nada es muchas veces mejor). Y los responsables lo saben. Viven de gente de paso, no hay una “clientela fija” a la que deban cuidar.

En el caso de los hospitales, intervienen además otros factores. Dejemos a un lado a la gente que debe seguir una dieta por motivos médicos y tenga que comer platos sosos. Hay personas en los hospitales, ingresadas, que no les pasa nada con respecto a la comida y se enfrentan a verdaderas pesadillas en la cocina. Y si no que me lo digan a mí, que sobreviví recién parida a base bocadillos que me hacía a escondidas con los Ferrero Rocher que me trajo mi suegra. Lo sé, glamour cero, pero el hambre es el hambre.

Y es que a nadie se le escapa que la calidad y el dinero van unidos. Externalizar servicios no fundamentales en un hospital como la cocina es una manera de ahorrar. Y de bajar la calidad. Ejemplos, casi a discreción. Podemos irnos a Sevilla, a Valencia, quedarnos en Madrid o probar la alubias con chincheta de Salamanca.

Y digo yo, aunque los productos sean baratos un poco de amor al asunto se le podría poner, leñe.

Lo bueno es que los pacientes ya están hartos de tragar (expresión que nos viene al pelo) y empiezan a quejarse. Y como funciona, seguirán haciéndolo. Solo hay que ver en Galicia, donde la Xunta se llevó por delante a la empresa responsable de la comida del Hospital Álvaro Cunqueiro.

Este malestar con la comida ha hecho que en muchos hospitales se pongan las pilas y eleven el nivel de la calidad de sus platos. Merece la pena destacar el esfuerzo del Hospital de La Palma. Para nosotras, esto es servicio de atención y hacer que los pacientes se sientan bien atendidos.

Pero una vez más, como España es un país de contrastes, de repente la fiebre de los concursos gastronómicos llega a los fogones de los hospitales, como forma de elevar el nivel y dar importancia a lo que sale de sus cocinas. La verdad, viendo a la ganadora del Premio Nacional de cocina hospitalaria, dan ganas de ponerse mala en Plasencia.

O, en esta línea de relevancia de la gastronomía, no es raro ver que el libro “La cocina del hospital”, editado por el Hospital Universatario Araba, tuviera su reconocimiento en 2015 en los Gourmand Cookbook Awards.

Y, cómo no, también nos encontramos con la colaboraciones especiales de chefs como la de Héctor Díaz, que llevó la alta cocina al Hospital Morales Meseguer de Murcia.

Ojalá que en algo tan sensible como los hospitales empiecen a valorar en su medida la comida que sirven a los pacientes, ya no solo como una forma de ofrecer productos saludables (qué menos, es un hospital) si no como un elemento de elevar la moral y las ganas de vivir.

Comer, y comer bien, te pone alegre, y eso para alguien que está ingresado no es ninguna tontería.

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