La aterradora (y tonta) historia entre una aguja, un brazo, un profesional sanitario y tu imaginación.

El verdadero miedo a las agujas

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El Exorcista, El Resplandor y toda la saga de Freddy Krueger juntas no equiparan al verdadero terror que proporciona a algunos, bueno, a la mayoría, seamos sinceros, que nos tengan que pinchar para sacar sangre, por ejemplo, para un simple análisis. Y ya no digamos cuando nos cogen una vía. Es algo inexplicable, porque que nos dé miedo un mono borracho con un cuchillo de carnicero en cada mano, encerrado contigo en una habitación de dos por dos metros y a oscuras, es entendible y justificable pero lo que no lo es, es que un profesional de la enfermería, que no tiene nada contra ti y que ha sacado sangre probablemente unas 548 mil veces con 548 mil resultados de éxito, nos provoque semejante estado de desazón. Además, en el caso más que imposible de que por un «pinchacito» controlado y repetimos, llevado a cabo por profesionales, la cosa acabe peor que una película gore, que es lo que todos nos imaginamos, debemos saber que:

1. Estás rodeado de gente que sabe curar, es decir, en un centro de salud u hospital donde hay muchos médicos y muchos más profesionales sanitarios que saben como velar por tu salud y bienestar.

2. Querrás que te devuelvan el dinero de la entrada a esta peli tuya que te has montado, porque nada de lo que crees que va a pasar pasará. El final dista mucho de ser un apocalipsis al más puro estilo Tarantino, ya que te garantizamos que será un final feliz, limpio y con mucha luz y que cuando ese profesional termine, querrás besarlo porque apenas habrás notado nada.

¿No habrá en el mundo y en nuestra propia casa utensilios de tortura mucho más violentos y con un aspecto muchísimo más aterrador? Piensa un segundo: esquinas traicioneras que persiguen espinillas, cosas que queman o incluso ese artilugio del demonio que las mujeres se meten en los ojos llamado rizador de pestañas, pero da igual, es ver una aguja y adiós, venga, hasta luego que me llaman por allí bien lejos.

Desde luego existe una patología, que se diagnostica y se trata, el nombre es belonefobia (que no, no es el miedo que siente uno a las figuritas del belén), es la fobia que describe el verdadero miedo a las agujas.

Por eso, antes de que la situación se me vaya de las manos la próxima vez, me repetiré: «Ya no tengo cinco años, soy una persona adulta, no me va a pasar absolutamente nada, soy valiente y enseñaré el brazo».

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