Pase, desnúdese y siéntese ahí

o la historia incómoda de ir al ginecólogo

Esta sección no podría vivir sin esas citas con el médico tan necesarias como intensas. Esas citas que se convierten en experiencias vitales y que, al igual que nos pasa con las comisiones del banco, hay que pasar por ellas sí o sí. ¿Y qué es lo más intensito que he vivido hace poco? el ginecólogo. Eso que las mujeres en general odiamos tanto pero que siempre hemos usado como verdad o como mentirijilla para que los de alrededor, concretamente los hombres, dejen de preguntar si nos ocurre algo.

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–Eso les pasa por preguntar y de paso así nos damos un aire un poco más interesante–

Funciona. Sueltas “cosas de mujeres” y automáticamente se hace un silencio incómodo alrededor, no sabemos si causado porque se han quedado sin el morbo que buscaban o por tratarse de esa zona de la anatomía femenina o ambas cosas. Y aunque a ti te han dejado en paz, de pronto solo puedes pensar en esa zona aun sabiendo y repitiéndote como un mantra que ir al ginecólogo es normal, algo que tienes que hacer y más a partir de cierta edad (qué bonita expresión). Pero incontrolablemente, de camino a la cita, conviertes lo que es una simple revisión rutinaria en el encuentro menos simple y menos rutinario del mundo: ¿me tendría que haber hecho ayer las ingles? ¿le parecerá que mi vagina se encuentra dentro de la media? ¿qué bragas me puse esta mañana? En fin…

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Ilustración: Karina Farek 

Con esa transformación interna al puro estilo Kafka o Bridget Jones llegando al clímax, llegamos también a la consulta y una persona a la que no conocemos de nada nos dice: pase, desnúdese de cintura para abajo y siéntese en esa silla con una pierna en cada cabestrillo. Y es así cada vez y cada vez preguntamos en alto: ¿me quito todo, la ropa interior también? a lo que el enfermero o enfermera de turno debe tener ganas de contestar: no señora, el doctor o la doctora tiene rayos súper potentes en los ojos y le adivinará por ciencia infusa si está todo bien, lo de desnudarse es por antojo. O en el mejor de los casos preguntamos: ¿los calcetines también? Como si los calcetines puestos en un cuerpo desnudo de cintura para abajo quedaran bien y además, que no, que debemos asimilar de una vez por todas que por mucho que los estiremos nunca llegarán a la parte que realmente no queremos enseñar.

La cuestión, que te vas haciendo cada vez más pequeña, tu interior libra una batalla de proporciones apocalípticas y tu postura dista mucho de ser digna. Lo bueno, que se acaba, que generalmente va todo bien, por eso hay que ir al ginecólogo regularmente, para saber que todo va bien. Así que crucemos los dedos, aunque lo que queramos cruzar sean las piernas, para que los óvulos sean óvulos y las trompas, trompas, y no haya que vivir el proceso torturador, por lo menos, en un año.

No os libráis hombres del mundo, el urólogo acecha.

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