Origen de los fármacos antitumorales

Ya sabéis que en nuestra sección de Fórmula Magistral hemos querido dedicar un espacio a la historia de los medicamentos y gracias a la ayuda del Dr. Tamargo, os iremos contando poco a poco el origen de los principales fármacos descubiertos a lo largo del siglo XX. En un post anterior os hablábamos del origen de los antibióticos y en esta ocasión le toca el turno a los fármacos antitumorales y su historia encierra cosas tan interesantes como por ejemplo que la era de la quimioterapia actual tiene su origen gracias al uso del gas mostaza durante la I guerra Mundial.

Así que, entre tanto titular que se queda en eso, en un titular, y links que no te cuentan más que tontunas varias, dedicad un ratito a leer la historia de cada uno de estos medicamentos que en el siglo XX nos cambiaron la vida. Es bastante interesante y además un poco de historia a las mentes curiosas nunca nos viene mal.

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2. EL RETO SIGUE SIENDO EL CÁNCER:

Normalmente, las células crecen y se dividen para formar nuevas células a medida que el cuerpo las necesita y cuando las células normales envejecen o se dañan, mueren, y células nuevas las remplazan. En los cánceres las células sufren importantes alteraciones en los mecanismos que regulan su diferenciación y proliferación. Como consecuencia, a medida que las células se hacen más y más anormales, las células viejas o dañadas sobreviven cuando deberían morir, y células nuevas se forman cuando no son necesarias. Estas células adicionales pueden dividirse sin interrupción y pueden formar masas que denominamos tumores. En todos los tipos de cáncer, algunas de las células se diseminan desde la parte del cuerpo donde comenzó a otras partes del cuerpo dando lugar a lo que denominamos metástasis.

El objetivo esencial del tratamiento es destruir las células del tumor, con el fin de lograr la desaparición, detención o reducción del cáncer sin alterar (o alterando lo menos posible las células normales-sanas) y a los fármacos utilizados con este fin se les denomina antineoplásicos o quimioterápicos. Estos fármacos actúan en la fase de división de la célula tumoral, impidiendo su multiplicación y eventualmente destruyéndolas.

La era de la quimioterapia anticancerígena comenzó durante la I Guerra Mundial cuando se utilizó en gas mostaza en Ypres, causando miles de bajas. Los soldados presentaban una marcada disminución en el número de leucocitos y los huesos parecían haber perdido su médula. Durante la II Guerra Mundial los farmacólogos Louis S. Goodman y Alfred Gilman fueron reclutados por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos para investigar el potencial terapéutico del gas mostaza y confirmaron su utilidad en el tratamiento del linfoma, dado que éste es un tumor formado por células linfáticas. Poco después, Gustav Linskog utilizó la mustina, observando una marcada reducción en la masa tumoral en un paciente con linfoma no hodgkiniano.

Poco después de la II Guerra Mundial, Sidney Farber observó que el ácido fólico parecía estimular la proliferación de células de leucemia linfoblástica aguda. Ello le llevó a utilizar dos antagónicos al ácido fólico (aminopterina y metotrexato), observando que producían la remisión en niños con dicho tipo de cáncer. Sin embargo, la comunidad científica no creyó sus resultados, ya que por entonces se pensaba que la leucemia era incurable, y que los niños deberían ser dejados morir en paz. En 1958, Roy Hertz y Min Chiu Li descubrieron que el metotrexato podía curar el coriocarcinoma; este fue el primer tumor sólido curado por quimioterapia. En la actualidad se utiliza también en el tratamiento de la artritis reumatoide o la psoriasis. Estas fármacos fueron denominados antimetabolitos y dentro de ellos está el primer quimioterápico para tumores sólidos, el 5-florouracilo.

En 1965, James Holland, Emil Freireich y Emil Frei formularon la hipótesis que la quimioterapia podría seguir una estrategia similar a la usada con éxito en el tratamiento de la tuberculosis: la combinación de fármacos con mecanismos de acción distintos, pero complementarios. Esta estrategia fue un éxito en el tratamiento de niños con leucemia linfoblástica aguda. Los mismos resultados se confirmaron en pacientes con linformas.

En 1956, C. Gordon Zubrod, inició un proyecto para recolectar y probar plantas y productos de origen marino; que llevó al descubrimientos en 1964 del paclitaxel (Taxol), fármaco obtenido de la corteza del tejo muy efectivo en el cáncer al ovario y de las campotectinas (1966) que han sido aprobadas en el tratamiento del cáncer de cólon, mama y pulmón. Entre 1965-69 Barnett Rosenberg demostró que el cisplatino inhibía crecimiento bacteriano y demostró que que podía inhibir el crecimiento de varios tumores sólidos, siendo de gran utilidad en el cáncer testicular.

La naturaleza también dispone de sus propios productos oncológicos. La medicina folclórica conocía que el mirto denominado Vinca rosea contiene fármacos (vinblastina y vincristina) efectivos en el tratamiento den linfomas y leucemias y las bacterias del genero Streptomyces contienen daunorubicina y doxorubicina.

En los últimos años y fruto del mejor conocimiento de las diferencias existentes entre las células normales y las cancerosas, son muchos los fármacos antitumorales que han sido introducidos en terapéutica. Es de destacar que en los últimos años los nuevos fármacos están siendo diseñados «a la carta», frente a dianas que se expresan de forma exclusiva (o principalmente) en las células tumorales. Ello permitiría reducir la incidencia de reacciones adversas, que es muy alta con algunos fármacos antitumorales. Este es el caso de anticuerpos monoclonales creados en el laboratorio que se unen específicamente a zonas concretas de las células tumorales e impiden su crecimiento y multiplicación. Otra posibilidad es impedir la neoangiogénesis, es decir, la formación de pequeños vasos sanguíneos necesarios para la nutrición del tumor (y para que pueda ir aumentando de tamaño) y para la formación de metástasis. Otra alternativa son los moduladores de la respuesta biológica, es decir, fármacos que modifican las interacciones entre un tumor y el organismo en que se aloja, ya sea actuando sobre las células tumorales o incrementando las defensas del huesped.

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