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Una tarde en el circo

4 de febrero. Día Mundial contra el cáncer.

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«Hacía un rato que la función había empezado y hasta entonces todo había ido dentro de lo esperado. Durante la actuación de los payasos, la mujer, desde su butaca, en la parte más elevada de la grada, había pasado más tiempo fijándose en la luz que emitían los ojos de sus hijos que en lo que ocurría en la pista central. Complicidad que había compartido con el padre de las criaturas, tres asientos más allá. Después apareció el funambulista, y durante unos minutos, ella pudo sentirse también sobre el alambre. Vértigo que continuó con el vuelo de una joven pareja de trapecistas. Pero las actuaciones estelares, esas que por sí solas justifican que un domingo por la tarde, una familia elija pasar una tarde en el circo en lugar de hacer cualquier otra cosa, todavía estaban por llegar.

Como había sucedido anteriormente, el maestro de ceremonias se colocó en el centro de la pista, pero en esta ocasión algo había cambiado en su gestualidad, en la rectitud casi militar de su cuerpo, en el dilatado silencio que no hizo otra cosa que elevar la expectación de los asistentes. Fue entonces cuando los focos comenzaron a girar indiscriminadamente iluminándolo todo: el techo de tela, los palcos, la salida de emergencia…Y la mujer quedó enmarcada en un halo de luz poderoso y circular, creando una estampa casi virginal. Con una mezcla de desconcierto y vergüenza, bajó las escaleras con la ligereza que sólo nos movemos en sueños. En la pista central, un tramoyista traía con urgencia un biombo que parecía un enorme acordeón y el maestro de ceremonias, tomando a la mujer de la mano, la condujo tras él. Cuando lo retiraron, portaba un casco y un ceñido traje rojo que brillaba como una plaga de luciérnagas en una noche sin luna. Otro operario apareció empujando un cañón y él mismo la ayudó a introducirse en él. A pesar de la impresión, ella no pudo hacer otra cosa que participar del espectáculo. Luego, alguien encendió la mecha y un cuerpo centelleante atravesó el cielo de la carpa deteniéndose en el momento de impactar contra la red de seguridad dispuesta al otro lado de la pista. El público tardó en reaccionar lo que la mujer en comenzar a incorporarse, todavía asustada y un poco dolorida, sobre la telaraña gigante. El cañón fue cambiado al instante por una rueda de madera que se desplazaba sobre una peana. Ella miró hacia el público y sólo vio una masa de luz abarcándolo todo. Inmediatamente después, su cuerpo yacía contra la madera fría, con los brazos y las piernas extendidas y atadas, recreando algo así como la versión femenina del “Hombre de Vitrubio”. El lanzador de cuchillos se había vendado los ojos. Ahora, los dos habían dejado de ver: él por gallardía, ella por terror. Notó una brisa fugaz en su muslo derecho cuando el primer puñal se clavó contra la madera en un golpe silencioso y seco. Su corazón se aceleró como no recordaba. El resto de la exhibición la pasó rezando a cada punzada que sentía acariciando su cuerpo. Minutos después, el mismo lanzador le ayudó a desengancharse de aquellas ataduras que la habían fijado a aquel pedazo de madera. Como si ya hubiera empezado a habituarse a aquello, hizo una especie de reverencia al público sin poder evitar que su cuerpo siguiera temblando. Ya había enfilado las escaleras que la devolverían a su familia y a su vida cuando notó cómo una mano se ciñó fuerte a su muñeca. El hombre, cuya cara estaba partida en dos por un sinuoso bigote negro, vestía un traje dorado y portaba un látigo en la mano. Ella, temiéndose lo peor se asomó a un lado para contemplar, en el centro de la pista, una enorme jaula de oro, donde tres enormes leones se paseaban inquietos de un lado a otro. Inesperadamente, la mujer esquivó al domador, que ahora parecía una estatua, con el brazo derecho estirado y la cuerda colgando de su mano como una serpiente anestesiada. Cuanto llegó a la jaula, abrió la pesada puerta y en cuanto estuvo dentro, la cerró con cuidado. Luego se quedó inmóvil unos segundos mirando, una por una, a las fieras, que merodeaban a su alrededor. Un repentino rugido hizo estremecerse a varios espectadores, pero ella no se alteró. Lejos de huir, decidió acercarse a una de las bestias. Cuando estaba tan cerca que notaba su respiración, se puso de cuclillas, acercó su cara a la del animal y luego, lentamente, aproximó su mano a la cabeza colmada de una imponente melena. Y así permaneció durante largo rato. Poco después, como si hubieran sido sometidos a una sesión de hipnosis los tres leones descansaban con el sosiego de unas crías recién alimentadas. La mujer se dirigió a la puerta y salió. En el centro de la pista, recibió una ovación atronadora, pero hubo varias voces que sonaban por encima de las demás. Vio cómo tres siluetas, dos de ellas muy pequeñas y una más grande, recortaron la claridad que emitían los focos y la alcanzaron fundiéndose en un abrazo inmenso. Fue entonces cuando el techo de la carpa se abrió y del cielo cayeron miles de flores que lo llenaron todo de luz y color».

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Hoy, 4 de febrero, Día Mundial contra el Cáncer, dedicamos este relato a todas las personas que han luchado, están luchando o lucharán contra esta enfermedad para poder disfrutar aún más, si cabe, de cada instante de sus vidas.

Ilustración: María Portela / Relato: Adrián P. Avendaño

Nochevieja y ahí estás

Hay familias y familias. Eso lo sabe todo el mundo. Nosotras, sin ir más lejos, tenemos amigos que muy gustosamente cambiarían la cena de Nochevieja con su familia por una guardia hospitalaria… pero seguro que no saben lo que dicen. Los sobrinos chukies, las discusiones anuales (con tu cuñada, primo o pez), los comentarios sobre el que no ha venido… apostamos a que siempre es mejor eso que una larga noche de guardia en la que puedes esperar cualquier cosa. Como todas, por otra parte.

Por eso, muchas gracias a todo el personal de hospitales, urgencias, farmaciasambulancias. Gracias por estar pendientes de nosotros en la última noche del año.

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Y recordad que el feliz año de todos lo es, en gran medida, porque estáis siempre ahí.

¡Feliz 2017!

 

Apoyo infinito

Día Mundial Contra el Cáncer de Mama

Aunque a veces flaquees, recuerda que somos muchos los que estaremos aquí hoy y siempre para apoyarte.

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Ilustración: María Portela

Hoy 19 de octubre Día Mundial Contra el Cáncer de Mama.

Día Mundial del Lavado de Manos

Si el mensaje de «lavarse las manos puede salvar millones de vidas» no te parece suficientemente atractivo como para fijarte en él, a ver si así lo conseguimos:

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Ilustración: María Portela

Hoy, 15 de octubre, es el Día Mundial del Lavado de Manos, una iniciativa que busca reforzar este hábito de higiene y que debería ser básico en todo el mundo, ya que con este gesto tan sencillo prevenimos muchas enfermedades al evitar la transmisión de bacterias, virus y parásitos.

Día Mundial del Alzhéimer

Relato de una vida

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He sido camarógrafo durante más de cuarenta años. Trabajé cubriendo guerras, levantamientos, golpes de Estado y demás miserias, en el Congo, en Vietnam, en Chile y quizá en Eritrea, no lo recuerdo con seguridad, son tantos los lugares. El paso de los años emborrona las huellas y uno es incapaz de seguir su propio rastro, el paisaje se vuelve huidizo y las caras se desvanecen para padecer el desarraigo más inclemente.

Guardo las copias de los reportajes en mi videoteca personal, un par de estanterías que contienen más de doscientas cintas clasificadas y ordenadas por fecha de grabación. Un cúmulo de imágenes que se confunden en mi memoria como si mi cerebro hubiera aplastado el tiempo. No existe el pasado y el presente, Chile o Vietnam, el ayer y el hoy, no hay 15:35 ni 22:14.

Hay mañanas que los tejuelos de los VHS son simples números, un enigma que me frustra, cabrea y deprime porque ignoro la razón de su existencia. Después; comprendo el porqué y lo apunto en un trozo de papel para no olvidarlo, una nota que abandono en cualquier sitio y luego no encuentro, la mayoría de las veces ni la busco.

Ahora, ya retirado, fotografío lo cotidiano: una bicicleta, una cuchara, una manzana… Almaceno carretes y más carretes en la bañera de un cuarto con ventana ciega, un sitio oscuro que ya no utilizo. Mi sobrina, Lucía, me ha regalado una cámara digital. Dice que son más fáciles de usar, sólo he de mirar por el visor y apretar el botón, captan el instante y lo guardan automáticamente en la tarjeta de memoria. Las imágenes ni se estropean ni se pierden. Yo la miro y ella, aunque pretenda disimularlo, se emociona, se lo veo en los ojos. Es entonces cuando aprieto el botón y suena un “click”. Espero conservar esta fotografía todo el tiempo que me sea posible.

21 de septiembre Día Mundial del Alzhéimer

Microrrelato: Marcel Lemarc // Collage: Leticia Jiménez