Tag: literatura y salud

Relatos cortos para el alma

Cómo un texto bonito, leído en un determinado momento, puede curar.

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“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.”

“El guardián entre el centeno” – J.D. Salinger

Así que tranquilos. Tal como cuenta el principio de “El guardián entre el centeno”, en esta nueva sección no vamos a hablaros (aunque ya hemos ido posteando cositas) de nuestras vidas, ni de lugares comunes, ni de frases hechas que de tanto usarlas pierden su sentido.

De lo que sí os hablaremos será de otros mundos, otros pensamientos, otras expresiones y otros puntos de vista sobre cómo la literatura, la ficción escrita, el arte de poner una palabra detrás de otra puede reconfortar casi más que un abrazo de abuela. Por eso, con la excusa de este pasado Día Internacional del Libro, hemos recuperado nuestros relatos y con ellos hemos creado una nueva y curativa sección en la que iremos publicando relatos cortos de distintos escritores poco conocidos, aún, pero que seguro tienen mucho que ofrecer.

Porque, en Cada 8 Horas, a pesar de ser unas descreídas patológicas, sí creemos en una cosa, en que las palabras, leídas u oídas en un momento dado, igual que hieren, curan. Curan porque animan, reconfortan, tele-transportan, amplían, alegran, acompañan,… y todos estos verbos son, sin el más mínimo de duda, buenos para la salud. Debemos añadir y aunque bajemos un poco el momento bucólico, que además, aquí, es gratis.

¡Animaos lectores más afanados y afines que otros! A todos os llamamos para que leáis, disfrutéis, compartáis y opinéis sobre esta nueva sección. Esperamos que nuestros #RelatosC8H os sanen por dentro y por fuera, o por lo menos encontréis belleza incluso en lo que aparentemente no lo es en absoluto.

Por último, pero muy importante, si tenéis algo que decir en forma de microrrelato, microcuento o poesía relacionado con salud que os gustase ver publicado en nuestra sección, podéis enviárnoslo a cuentanos@cadaochohoras.com y publicaremos los textos más originales que hayamos recibido. Tal y como explica otro gran final de libro, tienes toda la vida para contar lo que realmente quieras contar:

“El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: Mierda.”

“El coronel no tiene quien le escriba” – Gabriel García Márquez

Punk Park

(Espacio ingobernable)

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En los 70´, el movimiento punk vivió una época de esplendor. Literatura fanzinera, música de melodías breves y agresivas, bailes espamódicos, cine a cuentagotas, pintura… fueron algunos de los marcos de expresión de una generación que, a su manera, luchaba contra las convenciones y el orden establecido.

La anarquía y el caos que evidenciaba este movimiento en sus más diversas manifestaciones fue, aún continúa siendo, el quebradero de cabeza de un sistema que trata no sólo de atenuar las consecuencias de su aparición sino de, además, identificar y aislar sus causas para combatir y erradicar situaciones futuras. Sin embargo, a falta de un diagnóstico profundo y afinado del porqué, o los porqués, de su origen y desarrollo hasta el momento el sistema sólo se ha conseguido paliar sus efectos (L-DOPA).

Rebasado ya los sesenta años de edad, confeso seguidor de este fenómeno en mi juventud, echo la vista atrás y sonrío con ironía ante la vida.

Hoy, por ayer y por anteayer, ansío el orden y la disciplina contra la que me rebelaba de joven, y también hoy, por la semana pasada y por hace un año y cuatro meses, cuando me diagnosticaron la enfermedad, detesto el caos que se ha instalado en mi cuerpo. Porque, hoy por hoy, los miembros y órganos que componen esta democracia parlamentaria que es mi cuerpo, cuyo deber es hacer cumplir la voluntad de su máxima autoridad representativa, la de mi cerebro, boicotean el orden establecido y minan las instituciones y convenciones que conforman mi conducta.

Hoy, 11 de abril, Día Mundial del Párkinson, es tiempo de rebelarse y reivindicar mayor inversión en investigación para acabar con esta enfermedad.

Hoy, como ya proclamaban The Stooges allá por el 73, es hora de «Search and destroy».

 

Collage: Leticia Jiménez // Texto: Marcel Lemarc

Una tarde en el circo

4 de febrero. Día Mundial contra el cáncer.

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“Hacía un rato que la función había empezado y hasta entonces todo había ido dentro de lo esperado. Durante la actuación de los payasos, la mujer, desde su butaca, en la parte más elevada de la grada, había pasado más tiempo fijándose en la luz que emitían los ojos de sus hijos que en lo que ocurría en la pista central. Complicidad que había compartido con el padre de las criaturas, tres asientos más allá. Después apareció el funambulista, y durante unos minutos, ella pudo sentirse también sobre el alambre. Vértigo que continuó con el vuelo de una joven pareja de trapecistas. Pero las actuaciones estelares, esas que por sí solas justifican que un domingo por la tarde, una familia elija pasar una tarde en el circo en lugar de hacer cualquier otra cosa, todavía estaban por llegar.

Como había sucedido anteriormente, el maestro de ceremonias se colocó en el centro de la pista, pero en esta ocasión algo había cambiado en su gestualidad, en la rectitud casi militar de su cuerpo, en el dilatado silencio que no hizo otra cosa que elevar la expectación de los asistentes. Fue entonces cuando los focos comenzaron a girar indiscriminadamente iluminándolo todo: el techo de tela, los palcos, la salida de emergencia…Y la mujer quedó enmarcada en un halo de luz poderoso y circular, creando una estampa casi virginal. Con una mezcla de desconcierto y vergüenza, bajó las escaleras con la ligereza que sólo nos movemos en sueños. En la pista central, un tramoyista traía con urgencia un biombo que parecía un enorme acordeón y el maestro de ceremonias, tomando a la mujer de la mano, la condujo tras él. Cuando lo retiraron, portaba un casco y un ceñido traje rojo que brillaba como una plaga de luciérnagas en una noche sin luna. Otro operario apareció empujando un cañón y él mismo la ayudó a introducirse en él. A pesar de la impresión, ella no pudo hacer otra cosa que participar del espectáculo. Luego, alguien encendió la mecha y un cuerpo centelleante atravesó el cielo de la carpa deteniéndose en el momento de impactar contra la red de seguridad dispuesta al otro lado de la pista. El público tardó en reaccionar lo que la mujer en comenzar a incorporarse, todavía asustada y un poco dolorida, sobre la telaraña gigante. El cañón fue cambiado al instante por una rueda de madera que se desplazaba sobre una peana. Ella miró hacia el público y sólo vio una masa de luz abarcándolo todo. Inmediatamente después, su cuerpo yacía contra la madera fría, con los brazos y las piernas extendidas y atadas, recreando algo así como la versión femenina del “Hombre de Vitrubio”. El lanzador de cuchillos se había vendado los ojos. Ahora, los dos habían dejado de ver: él por gallardía, ella por terror. Notó una brisa fugaz en su muslo derecho cuando el primer puñal se clavó contra la madera en un golpe silencioso y seco. Su corazón se aceleró como no recordaba. El resto de la exhibición la pasó rezando a cada punzada que sentía acariciando su cuerpo. Minutos después, el mismo lanzador le ayudó a desengancharse de aquellas ataduras que la habían fijado a aquel pedazo de madera. Como si ya hubiera empezado a habituarse a aquello, hizo una especie de reverencia al público sin poder evitar que su cuerpo siguiera temblando. Ya había enfilado las escaleras que la devolverían a su familia y a su vida cuando notó cómo una mano se ciñó fuerte a su muñeca. El hombre, cuya cara estaba partida en dos por un sinuoso bigote negro, vestía un traje dorado y portaba un látigo en la mano. Ella, temiéndose lo peor se asomó a un lado para contemplar, en el centro de la pista, una enorme jaula de oro, donde tres enormes leones se paseaban inquietos de un lado a otro. Inesperadamente, la mujer esquivó al domador, que ahora parecía una estatua, con el brazo derecho estirado y la cuerda colgando de su mano como una serpiente anestesiada. Cuanto llegó a la jaula, abrió la pesada puerta y en cuanto estuvo dentro, la cerró con cuidado. Luego se quedó inmóvil unos segundos mirando, una por una, a las fieras, que merodeaban a su alrededor. Un repentino rugido hizo estremecerse a varios espectadores, pero ella no se alteró. Lejos de huir, decidió acercarse a una de las bestias. Cuando estaba tan cerca que notaba su respiración, se puso de cuclillas, acercó su cara a la del animal y luego, lentamente, aproximó su mano a la cabeza colmada de una imponente melena. Y así permaneció durante largo rato. Poco después, como si hubieran sido sometidos a una sesión de hipnosis los tres leones descansaban con el sosiego de unas crías recién alimentadas. La mujer se dirigió a la puerta y salió. En el centro de la pista, recibió una ovación atronadora, pero hubo varias voces que sonaban por encima de las demás. Vio cómo tres siluetas, dos de ellas muy pequeñas y una más grande, recortaron la claridad que emitían los focos y la alcanzaron fundiéndose en un abrazo inmenso. Fue entonces cuando el techo de la carpa se abrió y del cielo cayeron miles de flores que lo llenaron todo de luz y color”.

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Hoy, 4 de febrero, Día Mundial contra el Cáncer, dedicamos este relato a todas las personas que han luchado, están luchando o lucharán contra esta enfermedad para poder disfrutar aún más, si cabe, de cada instante de sus vidas.

Ilustración: María Portela / Relato: Adrián P. Avendaño

PÍLDORAS AZULES, DE FREDERIK PEETERS

Una novela gráfica sobre el SIDA en la actualidad

Hace unos meses nos dio por meternos a críticas literarias y quedamos bastante satisfechas con la experiencia. Para empezar, tuvimos que leernos el libro del que hablamos, lo que ya es algo bastante gratificante. Y luego, nos hizo pensar para decir algo coherente. Eso para nosotras era un gran reto, pero como salió bien, repetimos.

Ahora toca otro cómic. Los que creáis que por tener dibujitos estamos yendo a lo fácil, es que todavía no habéis llegado al s XX. Los tebeos, cómics, novelas gráficas, como queráis llamarlos, han dado joyas como esta, obra del suizo Frederik Peeters y que fue nominada a la mejor obra extranjera en el Salón Internacional del cómic de Barcelona 2005 entre otros reconocimientos.

Píldoras Azules alude directamente al medicamento contra el VIH, pero no por eso estamos ante un libro sobre una enfermedad. Es una historia de amor del dibujante, sincera, con sus miedos y sobre todo, con humos y felicidad, que es como deben ser las historias de amor. La enfermedad está ahí, presente, pero como podría estarlo un compañero pelmazo. Molesta, pero se puede llevar.

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Píldoras azules. F. Peeters. Ed. Astiberri

 

Sin moralismos ni caer en lo lacrimógeno, Frederik Peeters cuenta una parte de su vida y cómo es ser la pareja y el padrastro de dos personas portadoras del virus. Para no entrar en juicios, no se menciona cómo contrajo el VIH la mujer, lo que nos parece un acierto, porque sería entrar a juzgar estilos de vida, que aquí ni nos van ni nos vienen.

Leyendo, nos ha llamado la atención cómo de normal es, en términos médicos, hoy el SIDA. Es como ir a la revisión de cualquier enfermedad crónica y completamente compatible con una vida normal. El médico es un personaje muy interesante y nada alarmista cuyos comentarios, fuera de contexto, se considerarían incluso polémicos. Claro, que estamos en Ginebra, donde la medicina y la atención está a años luz de la de Nairobi.

El dibujo no es preciosista precisamente, un blanco y negro sencillo, muy lejano de los alardes de las viñetas de superhéroes o fantasía. Lo necesario para centrarnos en la relación de pareja, en sus miedos, en el niño…

La novela es de 2002 (es la que hemos leído), pero el año pasado apareció una nueva edición ampliada en la que los protagonistas hablaban de cómo habían vivido estos años. Aquí se ve un cambio de estilo en el dibujo, más nítido y limpio y nos muestra además, algo muy interesante: cómo la enfermedad y la investigación ha avanzado durante estos años.

Píldoras azules. 2015 (Edición ampliada). Autor: Frederik Peeters. Ed. Astiberri

 

Pseudociencia de Darryl Cunningham

El rigor de la ciencia en su método científico

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¿No os encantaría trabajar traduciendo los nombres de las pelis al castellano? A mí sí. “Con la muerte en los talones”, por ejemplo. Una expresión de uso común y sin embargo un titulazo que trasciende a la propia película y que lleva implícito todo el suspense del mundo mundial.

Si en vez de “Con la muerte en los talones” la peli se hubiese titulado Norte acercándose al Noroeste la pérdida hubiese sido grande.

Digo esto porque el libro del que hablaremos hoy en inglés se titula “Science tales” y en España sin embargo “Pseudociencia”. Así, la primera en la frente. Un título que trasciende al propio libro y que, por si nos quedaba alguna duda sobre qué postura adopta el libro en estas cuestiones, rematan con el subtítulo de: “Mentiras, fraudes y otros timos”.

Siempre pensé que pseudo significaba casi. Pero no, es peor. Según la RAE es falso –que significa falso, no que sea falso que yo creyese que era casi–. Así que Pseudociencia es falsa ciencia. Un título muy vendedor, sí.

Para mí lo más importante del libro es, y me parece que para Darryl Cunningham también, el rigor de la ciencia en su método científico. Aunque cada vez hay más divulgadores científicos, en este libro tipo cómic Cunningham nos habla de manera muy sencilla y gráfica –dibujos, por cierto, que me recuerdan a los de Juanjo Sáez o a las tiras de Dilbert– de temas tan polémicos y farragosos para el común de los mortales como la oposición a las vacunas, el cambio climático, la homeopatía, la quiropráctica…

Se nota que Cunningham viene del mundo de la ilustración, que no es científico y que no duda en tirar de la ironía y de lo políticamente incorrecto en ocasiones. Es un poco como Michael Moore en sus documentales pero en cómic. Su público somos todos, no gente con bata blanca, y le da igual no ser neutral porque una vez aportados los datos se considera con la razón.

Para mí el escepticismo es una forma de vida, lo sé. Y parece que para Cunningham también. Dudar de todo y no dar nada por bueno sin pasarle antes el método científico. Esto es lo que diferencia la ciencia de la pseudociencia, una actitud y una forma de trabajar que vale aquí y en la China Popular. El “porque yo lo digo” o “es un complot comunista” no son motivos para dar validez a la quiropraxis o a los negacionistas del cambio climático.

Si sois curiosos leed y disfrutad, porque merece la pena y además se lee en un suspiro que diría mi abuela. Y cuando cerréis el libro, ojalá que el escepticismo científico sea vuestra guía.

Cunningham, Darryl [2012]: Pseudociencia. Mentiras, fraudes y otros timos [Science tales. Lies, hoaxes and scams].  Ed. Léeme Libros.